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Diario de un médico: Detrás de los barbijos frente al coronavirus

Un infectólogo de un hospital público de La Matanza escribe en un diario el día a día en la batalla frente a la pandemia.

Diario de un médico: Detrás de los barbijos frente al coronavirus

Diario de un médico: Detrás de los barbijos frente al coronavirus

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Por: José Maria Malvido

Martes 31 de marzo. A las 8: 04 pregunte aquello que a las 4 de la madrugada me desvelo. Las noches, las de verdad, digo las noches de sueño vienen siendo de 4 horas. Habías soñado con un día de lluvia.

Nydia la jefa de terapia y yo nos mirábamos cómplices en el medio de un escenario de mucho trabajo. Nos mirábamos cómplices, pero nos decíamos sin decir que por primera vez la muerte y el coronavirus se nos acercaban y ya no eran noticias o virales. 

En el sueño y en la noche de ayer si es que hay un ayer y un hoy en estos días (que no resisten agendas, ni calendarios) empezamos a sentir que ahora ya era momento de actuar.

Hoy es Martes 31, claro que tuve que fijarme, ayer por la noche en nuestro hospital público de La Matanza recibimos el primer caso sospechoso que entró y que necesito respirador y ser intubado. Va a terapia intensiva. Se actúa de acuerdo a protocolos, pero se actúa en equipo.

Los teléfonos no paran de sonar, un chat , una llamada. El terapista está  junto al paciente que hace poco más de una semana volvió de Madrid. La jefa de terapia está guiando el operativo desde su casa (Nydia la del sueño). Dos farmacéuticas y enfermeras chequean las medicaciones e insumos. La epidemióloga prevee un mal pronóstico. Todos sentimos que ese caso es un positivo. Esperamos los resultados, pero la tomografía da indicios que puede ser uno más de los tantos que vemos en la televisión.

En realidad poco vemos en la televisión. No hay tiempo. Los insumos, los circuitos, entrenarnos y entrenar en la realidad de un hospital público del conurbano.  Es lo que nos desvela, nos apasiona y nos involucra.

Todos atravesamos cosas personales. Hace un rato hablo con mis hijos por teléfono. Lloro. Están con su mamá. No los veo desde hace ya 5 días. Mi hija de tres años sabe que su papa está luchando contra “ La corona virus”, pero yo sé que ella no magnifica. Mejor que no lo haga. Que juegue con sus coronas de princesa. Ella no se parece a mí. Es mi Alma. La extraño tanto como a mi cachorrito Matías de 2 años. Pero “demasiado tarde para lagrimas” decía Dolina.  Hay que saber en qué situación estamos.

En el parte que pido me informan del paciente en terapia y respiro y pongo en chat de comité de crisis: “¡ Vamos UTI!” (Unidad de terapia intensiva). Ayer me fui a dormir y soñé con el primer caso. Con una primera muerte. En este momento de mi vida en el cual una pandemia me encuentra roto en lo personal, pero fuerte y apasionado en lo profesional.

El otro día me cargaron porque en una charla dije que soy un jugador de futbol en un mundial. Suena hasta irrespetuoso para la preocupación que todos tenemos, pero es así. Una mezcla de adrenalina y cabeza fría entrenada durante muchos años para esto. Postergando, invirtiendo, estudiando, dejando de hacer mil cosas para hoy ponerlas en práctica.

Soy médico. Soy infectólogo. Como no voy a sentir todo eso este momento.

Me manda un chat alguien que dice que soy su profesor en la UnLaM y que un amigo tiene una impresora 3d y si necesitamos máscaras. Siempre digo que sí. No sé como, pero de un día para el otro todos tienen una impresora 3d y están haciendo mascaras de protección.  Aprendí de chico en los campamentos que cuando te preguntan si querés de nuevo una porción de fideos decís que si. Después re ubicas el recurso o el plato de fideos. En este caso, todo ese amor que nos llega de la gente que sirve y es muy valiososo como gesto debe ser canalizado. Hablo con la directora y de acá en adelante sigue el contacto la cooperadora y secretaria de dirección.

15:01 Nydia nos cuenta que sale el traslado del paciente. El de Madrid, el de la tomografía, el del sueño, el del respirador, el que preocupaba, pero todos sabemos que estos casos van a venir cada vez más.

Somos médicos, kinesiólogos enfermeros, farmacéuticos, pero tenemos una vida, una familia, amores o desamores, hambre. Tengo hambre y dos viejos en grupo de riesgo. Voy a comprarme y a comprarles al chino.

La alumna de la UnLaM confirma la donación de máscaras de protección. Me manda foto justo cuando “la china“ de la caja (No se si es china, solo veo sus rasgos orientales) me dice “buen día”, detrás de su máscara hecha con impresora 3d y una radiografía. Es hermoso el conurbano. Todos están haciendo máscaras y barbijos de frise. Después mi cuadro técnico infectológico sabrá si sirven o no, pero conmueve. Como no te va  a llenar el Alma ver a esta sociedad aislada pero junta.

Estamos todos esperando noticias del ministerio. Llega la noche y a mí al menos me encuentra melancólico. Necesito un abrazo. Todas las noches pienso en ese abrazo que nos daremos, pero ahora suena el celular. Es la guardia pasiva. Las manos deben atender y luego ser bien lavadas. Estamos en pandemia. Como nos encuentre debemos atender. Me acaban de confirmar que el paciente es positivo.

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