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Entre la revolución y la realidad: ¿Qué está pasando en Cuba?

Entre marchas y contramarchas, la isla transita, en adición a uno de los peores escenarios económicos de las últimas décadas, el período de conflictividad social más alto registrado desde la revolución del 1959. Los detalles, en esta nota. 

Entre la revolución y la realidad: ¿Qué está pasando en Cuba?

Nuevamente Cuba y las libertades civiles vuelven a estar en agenda. En el marco de un 2021 estrenado con el fin de la dualidad monetaria, las distorsiones económicas nuevamente quedan evidenciadas por el mismo movimiento que en 2018 reclamó por la libertad artística, que en 2020 denunció la detención de Maykel Osorbo y que ahora salió a las calles. 

Con diferencias en su contenido pero no en sus formas, la isla para la Argentina supone un escenario similar al de Venezuela, donde cualquier pronunciamiento o lectura prontamente queda atrapada en definiciones partidarias que poco hacen al estudio de los hechos y lo que hay detrás de la foto del momento.  

Lo que pasó y está ocurriendo en estas jornadas; cómo se llegó al estado de situación actual y los dilemas para Cuba y la democracia, en esta nota. 

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¿Qué pasó en estos días?

El último domingo, 11 de julio, miles de personas marcharon por las calles de varias ciudades de Cuba, en el marco de un escenario de marchas y contramarchas. Lo que originalmente fueron protestas autoconvocadas contra el Gobierno de Miguel Díaz-Canel, tuvo su respuesta desde el propio secretario del Partido Comunista cubano, quien llamó a defender su gestión. 

La primera marcha contra el oficialismo se registró en San Antonio de los Baños, teniendo su réplica en al menos otras seis ciudades de la isla y desde donde los manifestantes, la mayoría de ellos jóvenes, entonaron consignas tales como “Patria y vida”, “Abajo la dictadura” y “No tenemos miedo”.

Inmediatamente, Díaz-Canel denunció la supuesta participación de los Estados Unidos en "acciones de desestabilización política históricas que tienen lugar contra Cuba y que se han intensificado particularmente durante la pandemia", convocando a “todos los revolucionarios a salir a las calles a defender la revolución en todos los lugares".

A partir de esto, como suele ser el caso desde hace demasiado tiempo, los involucrados en los movimientos sociales en la isla ahora quedaron como peones en una partida de ajedrez que desde hace décadas protagonizan Estados Unidos y Cuba donde el clivaje “traidor” o “revolucionario” evidencia la distorsión temporal/discursiva del castrismo.

Pero no por eso pierde peso que estos hechos se suman a los de noviembre pasado cuando un grupo de artistas se manifestó frente al Ministerio de Cultura exigiendo una reunión con el Gobierno que para sorpresa de todos fue concedida aunque en un retorno a la normalidad prontamente frustró cualquier avance. 

Esta nueva revolución de jóvenes que se está formando en Cuba esta vez no está armada ni transita en una trinchera sino que viene en forma de arte y con el internet móvil como munición. 

El Movimiento San Isidro (MSI) nacido en 2018 luego de que el Gobierno aprobara el controversial Decreto 349 que regula la actividad artística y determina qué es arte y qué no, cercenando con esto la libertad artística en todas sus manifestaciones, es un claro ejemplo de esta realidad.

Volviendo al domingo y su derrame semanal, el Gobierno de Díaz-Canel estructuró un proceso de detenciones que, contrario a los compromisos con los Derechos Humanos que Cuba debiera tener como miembro de las Naciones Unidas, ilustra de momento y según el reporte de Human Rights Watch, más de 247 personas desaparecidas.

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La pandemia como acelerador

Además de lo que a las movilizaciones respecta, el tránsito cubano exhibe desde un lugar impensado el impacto multidimensional de la pandemia en la región más castigada del planeta, generando eventos disruptivos como el mencionado ciclo de protestas, al mismo tiempo que acelera dilemas previos irresueltos. 

Si bien es cierto que la isla atraviesa su peor momento en cuanto a contagios y muertes por Covid-19, con un incremento del 150% de casos y decesos en comparación con los registrados el último trimestre, lo cierto es que los efectos más crudos de la pandemia más  no están en la variable sanitaria sino sobre el eje económico. 

El impacto se retrata con una contracción del PBI para el 2020 del 10.9%, con una merma en el sector turismo de casi 3 millones de ingresantes al país en comparación con el 2019 y con una devaluación de 24 veces del tipo de cambio oficial, entre algunos de los datos más relevantes. 

Cuba ingresó a esta fase recesiva global con grandes vulnerabilidades que no pudieron resolverse en la última década y en buena medida agravadas por la presión de los Estados Unidos, quien, tras la Presidencia de Donald Trump y la reincorporación de la isla a la lista de países patrocinadores del terrorismo como último gesto, tendrá en la administración Biden la necesidad de retomar los estímulos bilaterales que marcaron el cierre del mandato de Obama. Esto no parece algo próximo a suceder. 

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De la revolución a la realidad

Entre 1959 y el cierre de 1980, la Revolución impulsó un proceso de desestratificación social, entre cuyas evidencias destaca la eliminación de la propiedad privada y la formación de un sector de propiedad estatal (que hacia 1988 daba cuenta del 96% de todo el empleo nacional); la disminución de la pequeña propiedad y la caída sostenida de la desigualdad de ingresos y de la pobreza.  

Este modelo encontraría una contundente interrupción para el cierre del siglo XX. Uno de los ejes por considerar responde al “Período Especial”, eufemismo utilizado por Fidel Castro quien tras el apogeo de la República sobre finales de 1980, presenciaría la contracción más severa en la historia del país.

El súbito colapso de la URSS, la erosión de diversos procesos de intercambio e integración entre las naciones socialistas a través del Consejo de Asistencia Económica Mutua (Comecon), así como la intensificación de las políticas norteamericanas orientadas al embargo económico sobre la isla serían algunos de los ejes que determinarían el futuro financiero castrense.

Sobre octubre de 1960 y como respuesta a las expropiaciones de las compañías y propiedades de ciudadanos estadounidenses en la isla se impone el embargo económico de los EE.UU. sobre Cuba. 

Para gestionar esta crisis se introdujeron algunas novedades para el socialismo cubano como los incentivos para la atracción de capital extranjero y formación de empresas mixtas (especialmente en el sector turístico); la ampliación del pequeño sector privado urbano (los “cuentapropistas”) y la autorización del envío de remesas desde el exterior.

Desde 1990 en adelante y tras la mencionada contracción del comercio exterior nacional, comenzó a circular el peso cubano convertible (CUC) como resultante a la pérdida de la funcionalidad como medio de pago y depósito de valor de la histórica moneda nacional, el peso cubano (CUP).  

En ese marco, se fijaron dos tipos de cambio diferentes: uno para la población y otro para el sector empresarial. El primero en una equivalencia de 24 CUP por CUC, para lo cual se establecieron casas de cambio a lo largo de la isla. El segundo se ancló al tipo de cambio que prevalecía entre el dólar y el CUP, es decir, 1 dólar = 1 CUC =1 CUP.

Para 1996, el Congreso norteamericano aprobó la Helms-Burton Act, una ley mediante la cual se eliminó la posibilidad de hacer negocios con la isla por parte de los ciudadanos y filiales extranjeras de compañías, impidiendo comerciar por valores superiores a 700 millones de dólares anuales. El embargo tiene la excepción en alimentos y medicamentos, bienes que deben pagarse por adelantado y en efectivo. 

En adición a que las estrategias castrenses para enfrentar la crisis impactaron en todos los indicadores de inclusión cubanos, lo cierto es que hasta 2004 se garantizó que se emitieran CUC que tuvieran respaldo en el dólar, con posterioridad a esa fecha, esa convertibilidad dejó de existir y el CUC se convirtió en una moneda sobre emitida.

Esta práctica dio inicio a un sostenido proceso de distorsión empresarial/nacional de las cuentas públicas, privilegiando durante décadas, propósitos contrarios a los declarados oficialmente.

En la década del 2000 el dólar fue eliminado de la circulación nacional, así como de las transacciones empresariales, manteniendo solo el CUP y el CUC en ese proceso. Sin embargo, desde hace varios años, se ha sostenido la necesidad de avanzar hacia la unificación monetaria y cambiaria, algo reflejado en el documento Lineamientos de la Política Económica y Social del Partido y la Revolución destinados a la actualización del modelo económico y social cubano.

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El “día cero”: ¿para quién?

El 10 de diciembre del 2020 y ante la expectativa acumulada por décadas de buena parte del país, el por entonces primer secretario el Partido Comunista Cubano, Raúl Castro y el presidente en funciones de la República, Miguel Díaz Canel, anunciaron la unificación monetaria y la fijación de una tasa de cambio única en la isla, a razón de 24 CUP por dólar.

En esta línea es que también se avanzó con un paquete de reformas sobre el crecimiento del fondo salarial, el pago de impuestos sobre ingresos personales, los productos que mantendrán subsidios, el costo de la canasta básica de referencia y las nuevas tarifas de servicios básicos, entre otros puntos.

Además de que esta devaluación de 24 veces del cambio oficial para aquellas empresas estatales dará inicio a un forzado proceso de “transparencia” sobre lo que estuvieron haciendo, algo advertido por Jorge Marino Murillo, miembro del Buró Político del Partido y jefe de la Comisión Permanente para la Implementación y Desarrollo, quien anunció que a estas empresas se les dará un año para poner en orden sus cuentas antes de terminar con los subsidios.

Es decir que las empresas que se beneficiaron del acceso a dólares baratos durante décadas recibirán ayuda del Gobierno durante un año para retrasar los despidos masivos, al tiempo que la Isla entrará en la era de la moneda única con un tipo de cambio sobrevaluado (para el cierre del 2020 el dólar se vendía entre 35 y 40 pesos cubanos).

Vale recordar que a la mayoría de los cubanos que trabajan para el Estado se les paga en CUP. Se necesitan 24 pesos para comprar un CUP al tipo de cambio oficial. En otras palabras, los trabajadores del creciente sector privado del país, a la mayoría de los cuales se les paga en CUC, ganan siete veces lo que ganan los empleados estatales.

Osea que, considerando la estructuración del mercado laboral cubano, las tareas de ordenamiento anunciadas por Díaz Canel parecen necesariamente obligar a una resignificación de la fuerza laboral excedente. 

En este sentido, si bien la creación de nuevos empleos resulta el paso obligado en dicha dirección, los interrogantes surgen a partir de la capacidad del Gobierno en poder, bajo un contexto económico e internacional fuertemente recesivo, lograr llevar a cabo esa práctica. Y llegó lo impensado, el hartazgo. 

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Cuba y la democracia

Cuba y su sistema de Gobierno transita una fuerte crisis de legitimidad, no solo porque no crece, sino porque transita uno de los deterioros más marcados de su economía en las últimas décadas. 

A partir de esto surge como inevitable un planteo algo incómodo y es que si el Gobierno no da voz ni voto a la ciudadanía, sí, en cambio, tiene que garantizar una suerte de identidad y optimismo económico similar, al menos desde su planteo, al del caso chino. 

De hecho, es lógico pensar que ese es el espejo sobre el que se mira el PCC, que por fuera de la lógica discursiva, no está mirando hacia América Latina sino sobre aquellos modelos que no tienen en el carácter democrático participativo un interés o una demanda percibida.

Esto es relevante en cuanto el Gobierno no entiende un compromiso tácito con la democracia pero sí, como integrante de las Naciones Unidas, debiera contemplarlo para con los compromisos humanos. Es desde este plano que desde el año 1992 la Asamblea General de la ONU aprueba sistemáticamente la "necesidad de poner fin al bloqueo económico, comercial y financiero impuesto por los EE.UU.”.

El respeto sobre la libertad de expresión y la empatía sobre el agotamiento ciudadano debieran ser compromisos ineludibles para cualquier Gobierno que valore promover y se jacte de respetar estos principios. 

Como señala Marisela Betancourt, no basta con la narrativa épica que pide sacrificios diarios por la revolución y tampoco es suficiente con la pérdida de libertades individuales para sentir y pensar en colectivo, sino que es condición necesaria también la ausencia de cansancio.

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