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Olga Ferri, la embajadora del arte de la danza que fundó su propio templo
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Olga Ferri, la embajadora del arte de la danza que fundó su propio templo

La actual directora del Ballet Estudio Marisa Ferri y la crítica especializada Patricia Casañas recuerdan y explican por qué fue una figura imprescindible para la historia del ballet argentino.

Por: Patricia Festa

"Yo quiero ser bailarina", respondió Olga Ferri cuando sus padres le preguntaron que quería ser de grande. Olga fue eso y mucho más. Considerada la embajadora argentina del arte de la danza, deslumbró tanto por sus interpretaciones como por su manera de transmitir sus conocimientos y entendimientos del ballet. Fallecida en 2012, ese legado que comenzó en 1946 con su debut como solista continúa hoy vigente.

"Olga elevaba, era una persona etérea. Cuando bailaba era algo parecido a la magia. Dejaba de ser ella para ser el personaje, era una artista. Hacía sentir al público una sensación indescriptible y por eso la amaban", describe emocionada Marisa Ferri, sobrina de Olga y directora del Ballet Estudio, aquel "templo de la danza" fundado por ella y su marido Enrique Lommi en 1970.

Olga Ferri y cuerpo de baile del Ballet Estable del Teatro Colón en Giselle, 2° acto. Teatro Colón, 1970. Foto: Alicia Sanguinetti

El primer recuerdo que tiene junto a su tía es durante una función de "Romeo y Julieta" en la que una pequeña Marisa creyó realmente que Olga "se moría" y corrió preocupada a chequear que no fuera cierto: "Recuerdo ir a buscarla para ver si estaba viva y verla salir con su bata. Me miraba con mucho amor y me decía 'Marisita, vamos juntas'. Mi abuela nos esperaba mientras yo veía el detrás de escena. Eso fue lo que más me impresionó: el detrás de escena de una gran artista y el amor de su familia, el de mi abuela y el de ella hacia mi".

Y es que no hay Olga sin danza. Y no hay danza sin Olga. O por lo menos no como se la conoce actualmente en nuestro país.

Iniciada en la Escuela de Danza del Teatro Colón (hoy ISATC, Instituto Superior de Arte Teatro Colón), fue discípula de Esmée Bulnes, quien a su vez fue alumna de Elena Smirnova, la última primera bailarina del Ballet del Marinskii nombrada por el Zar Nicolás II.

Olga Ferri en La muerte del cisne. Teatro Colón de Buenos Aires

En seis años logró cursar una carrera que duraba ocho ingresando a la compañía del Colón directamente como solista, sin pasar por las filas de cuerpo de baile. Y ese fue tan solo el comienzo.

"La carrera internacional de Olga es impresionante", asegura Patricia Casañas, crítica especializada en ballet, docente del ISATC y ex alumna de Ferri. "Fue aclamada en Londres como primera figura del London’s Festival Ballet; actuó en Italia, Alemania, Brasil, Estados Unidos, entre otros lugares, y en los escenarios de cada uno de estos países fue consagrada por la crítica, por el público, por sus pares, por los coreógrafos con los que trabajó. El nombre de Olga Ferri es reconocido mundialmente, siempre unido a su cargo de primera bailarina del Teatro Colón de Buenos Aires", agrega.

Tanto es así que, según reproduce el sitio Mágicas Ruinas, en agosto de 1963 Primera Plana publicaba un artículo mencionando que la bailarina le "hizo escribir al cotizado crítico inglés Eric Johns" que "la posibilidad de que Latinoamérica produzca una ballerina es tan remota como que Japón forme una cantante o que nazca un torero en Finlandia. Pero cualquier preconcepto ha sido demolido por la argentina Olga Ferri."

Olga Ferri con W. Skouratoff en "Giselle" en el London's Festival Ballet, 1960

El mote de embajadora de la danza no se le adjudicó por nada, y esa difusión que le valió el apodo también tuvo su correlato local. "Olga hizo un trabajo muy intenso en todo nuestro país. Junto a su esposo fundaron varias compañías con las cuales recorrían las provincias, no siempre en las mejores condiciones, pero rodeados del afecto y la admiración de ese público ávido de ver ballet", cuenta Casañas, que dice aún recordar con cariño "muchas anécdotas simpáticas de esas travesías, narradas de primera mano por Olga y Enrique".

Por supuesto la creación del Ballet Estudio, ubicado en su sede original de Marcelo T. de Alvear 1435, fue uno de los hitos que marcaron su carrera. Nido de reconocidos artistas como Iñaki Urlezaga, Ludmila Pagliero y Paloma Herrera, desde 1970 forma bailarines con un riguroso método que fusiona disciplina, conocimiento y amor por la danza.

Allí dictan clases docentes que, como Patricia, fueron alumnas de Olga y que hoy "llevan en su espíritu ese amor por la danza y por la enseñanza que hace que los alumnos se sientan parte de ese lugar mágico", implementando un sistema con tanto rigor como contención, "uno de los pilares de la manera de enseñar de Olga".

Olga Ferri y Paloma Herrera. Foto: Alicia Sanguinetti

Desde que su tía le propuso ser su asistente, Marisa acompañó a Olga en el estudio aprendiendo el oficio de enseñar. Tras un tiempo a su lado y con tan solo 16 años, inauguró la cátedra Iniciación a la Danza para niños de 4 a 6 años.

"Confió en mí y me dijo 'Vos podés, tenés que enseñar porque los chicos están copiando y están copiando mal'. Ese fue mi pasaporte a la docencia", sostiene Ferri, que está a la cabeza del estudio desde hace 20 años. 

Y añade: "El legado que Olga dejó en mis manos fue un compromiso enorme. Ella me enseñó que ese estudio era su templo, y que el cuerpo es el templo de la danza".

Casañas recuerda vívidamente su paso por ese templo de Recoleta: "El 5 de mayo de 1976 pisé por primera vez el salón del primer piso de Ballet Estudio. Iba tres veces por semana, una hora y cuarto de clase. En esa época Olga aún bailaba; se retiró en 1977. Nos daba clase enfundada en una malla turquesa claro, con una pollera de gasa rosa, y era un placer ver cómo esa figura diminuta podía alargarse interminablemente, cómo sus brazos nacían del medio de la espalda, cómo sus pies parecían hablar. 'No cuenten 1-2-3-4, canten', nos decía, y todo nos salía más ligado y más musical".

Descripta como una "formadora integral", Ferri impulsó siempre a sus estudiantes a nutrirse culturalmente, dándoles consejos cuando lo necesitaban y enorgulleciéndose de sus logros individuales.

"Tengo la gran satisfacción de su alegría y su orgullo cuando fui nombrada maestra de Historia de la música y la danza en el ISATC y cuando comencé como crítica de ballet en el diario La Prensa. 'Hacen falta críticos que hayan sentido la danza en el cuerpo, que sepan ver'. Ella me enseñó a ver", reconoce Patricia.

"Casi todas las maestras que están en el estudio son discipulas directas de Olga.
Somos todas como sus hijas", cuenta por su parte Marisa. "Olga estará muy contenta desde el cielo porque a todas nos quiso mucho. A mí en especial me dejó esta gran misión, la de enaltecer y cuidar el templo de la danza que es Ballet Estudio".

"En Inglaterra la consideraron la mujer que hizo huella. Fue muy querida, muy respetada y fue una dama. La dama de la danza".

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