Cuando comenzamos a ver que la otra persona está interesada en nosotros más allá del físico, nuestra preocupación constante por la imagen pasa a un segundo plano.
No es que "nos dejamos estar", pero no le damos tanta importancia como cuando estamos en otra etapa de nuestras vidas, en soltería.
Cuando estamos en una relación, sobre todo al principio, contamos con poco tiempo para ir a una clase en el gimnasio, entrenar o salir a correr, porque, lógicamente, preferimos pasar más tiempo con nuestra pareja.
La disminución del ejercicio físico puede contribuir a generar más peso en el organismo, si se lo combina con el aumento de comidas.
Si bien la costumbre de salir a cenar o merendar podía ya estar presentes en nuestras vidas, al tener una relación con alguien esto se potencia.
Es más común que cedamos ante los impulsos y las tentaciones de comer algo dulce en conjunto, o cocinar platos elaborados en casa, cuando antes tal vez con un sándwich o una ensalada completabas una comida.
Las relaciones están para eso: ir al cine, comer y, sobre todo, relajarse en la cama.
Dormir largas siestas durante el fin de semana o quedarte en casa un sábado a la noche con tu pareja es una delicia que podés encontrar como hábito en cualquier vínculo amoroso.