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Cine y Series Al infinito y más allá

Análisis | High Life es ciencia ficción contemplativa

De la mano de la directora francesa Claire Denis, Robert Pattinson se va al espacio para descubrir unas cuantas cuestiones sobre la naturaleza humana. 

S.O.S. hay un criminal suelto en el espacio(Maco)

S.O.S. hay un criminal suelto en el espacio | Maco

Por: Jessica Blady

La realizadora francesa Claire Denis (“Bella Tarea”) decidió que esta ópera espacial se convertiría en su primera película en inglés porque en su imaginario los astronautas nunca hablarían en su idioma natal. Tal vez en ruso o en chino pero, definitivamente, no con acento galo. Igual, y a pesar de esta licencia que decide tomarse, High Life (2018) tiene todas las pinceladas del cine europeo y hasta de la ciencia ficción comiquera venida del viejo continente -pensemos en “Los Náufragos del Tiempo” (Les Naufragés du temps), por ejemplo-, mucho más contemplativa y existencialista que la norteamericana, un poco más propensa a los efectismos. No estamos descalificando la una por debajo de la otra, pero está bueno aclararlo para los desprevenidos que caigan sólo en busca de aventuras intergalácticas.

Como muchas de estas películas de bajo perfil, el estreno de “High Life” se hizo desear, pero finalmente llega a las salas locales para que podamos descubrir la particular visión de la realizadora y de su coguionista Jean-Pol Fargeau que, de paso, nos dejan disfrutar de otra muestra de la dotes actorales de Robert Pattinson, cada vez más alejado de sus papeles de ídolo young adult.        

Los realizadores deciden contar esta historia de forma no linear para que vayamos descubriendo qué pasó dentro de esta nave (marcada con el número 7) que, ahora, deambula por el espacio infinito. En el presente tenemos a Monte (Pattinson), un joven que intenta seguir la rutina de supervivencia mientras se encarga de cuidar a la pequeña Wilow. Un alma que lucha, más que nada, contra la soledad y sus propios instintos que poco tienen de paternales.  

Antes de convertirse en aventureros espaciales, Monte y sus compañeros de viaje eran jóvenes criminales cumpliendo sus condenas. Ante la posibilidad de la pena de muerte, deciden convertirse en conejillos de Indias y aceptar esta travesía hacia un agujero negro que puede esconder una fuente de energía ilimitada necesaria para la supervivencia del planeta Tierra. Dentro de la nave son sometidos a otros experimentos llevados a cabo por la doctora Dibs (Juliette Binoche), una mujer que carga con sus propios fantasmas, obsesionada por crear una vida perfecta a través de la inseminación artificial. Los métodos de la científica son bastante deshumanizantes y retorcidos, lo que provoca más de un conflicto entre los prisioneros/pasajeros de este viaje.

Por su parte, Monte decide no participar y mantener un estricto celibato, algo que choca constantemente con los avances sexuales de Dibs, y sus anhelos de transformar al joven en el sujeto ideal para sus pruebas.  

En el espacio nadie te escuchará cantar

Denis no tiene la necesidad de darnos todos los truculentos detalles del pasado de los protagonistas y cada una de las circunstancias que nos llevan a este presente. Es trabajo del espectador recolectar cada una de los indicios y reconstruir este relato tan hipnótico y atrayente como repulsivo, en ambos casos, siempre ligado a la naturaleza humana que, a pesar del paso del tiempo y los avances tecnológicos, no deja de estar arraigada a los impulsos más primitivos.

La puesta en escena de Denis es menos llamativa y espectacular que la de muchas de sus compañeras de género (sobre todo venidas de Hollywood), pero dentro de su minimalismo y sordidez hay naturalidad, verosimilitud y cierta belleza, ya que la realizadora tomó buena nota del experto en agujeros negros Aurélien Barrau y la consultoría de la Agencia Espacial Europea con base en Colonia (Alemania), además de los diseños del artista Olafur Eliasson. Imposible no hacer paralelismos con “Interestelar” (Interstellar, 2024), pero las similitudes solo pasan por algunas cuestiones científicas, y no tanto por la moralidad de los personajes.    

“High Life” es de ese tipo de experiencias cinematográficas que hay que contemplar para sacar nuestras propias conclusiones. De entrada, requiere de nuestra atención y compromiso, tanto con la historia como con sus protagonistas. No es entretenimiento “liviano”, pero tampoco es inaccesible, ya que habla de nosotros como seres humanos.   

El espacio, la frontera final

Pattinson se carga la película al hombro, aunque comparte con Binoche y las grandes intervenciones de André Benjamin y Mia Goth (“Suspiria”), entre otros. Monte es el motor de esta historia y, a pesar de su apatía superficial, emana una ternura pocas veces vista en este tipo de película fantástica, demostrando que la visión femenina detrás de la cámara, sí tiene influencia sobre el relato.

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