Protón ANTROPOLOGÍA

Cómo las ciencias sociales ayudaron a salvar miles de vidas

Historia de una antropóloga que vivía en Nueva York, viajó a una tribu perdida de Oceanía para comprender sus costumbres y terminó siendo fundamental para combatir con éxito el  "Mal de la vaca loca".

Cómo las ciencias sociales ayudaron a salvar miles de vidas

Cómo las ciencias sociales ayudaron a salvar miles de vidas

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Por: Jorge Montanari

    Un fascinante ejemplo para explicar la interacción entre las ciencias sociales y las otras lo podemos encontrar en el caso del aporte de Shirley Lindenbaum a la investigación sobre las encefalopatías espongiformes, a las que conocemos coloquialmente por una de sus variantes: el así llamado “Mal de la vaca loca”.
    En Papúa Nueva Guinea (Oceanía), había una tribu con una altísima incidencia de una enfermedad llamada "kuru", que provocaba temblores y risa hasta el punto que les impedía incluso estar de pie o comer. Los afectados entraban en un estado de demencia y morían entre convulsiones. Henry Bennet, médico australiano, empezó a estudiar la enfermedad en los años 50. En las autopsias se encontró con una característica muy singular: el cerebro de los afectados estaba lleno de agujeritos, como si fuera una esponja.

Así se ve el cerebro de una vaca que padece el mal. Los espacios blancos son agujeros como los de una esponja.


    Así que Bennet, desde la Universidad de Adelaida, tuvo la sospecha de que la enfermedad podía tener un origen genético. Por ello, para rastrear las causas, gestionó una beca para que la Antropología viniese a ayudar. La ganó Shirley Lindenbaum, que viajó desde New York.
    Lindenbaum hizo un trabajo de campo sobre esta tribu, llamada Fore, que vivía en plena Edad de Piedra en el siglo veinte. Comenzó a estudiar sus costumbres, rituales, creencias y entramados sociales y en 1961 presentó sus conclusiones.


Lindenbaum encontró que los Fore practicaban canibalismo ritual. Cuando alguien moría, los parientes cocinaban y comían su cadáver. Para llevar algo de esa persona dentro y para adquirir sus cualidades como herencia, el cerebro se aspiraba con una especie de sorbete a través de la nariz. Su investigación fue la clave principal para empezar a resolver el misterio dado que encontró lo que le habían encargado: una relación entre las costumbres de los Fore y el kuru.
Poco después, gracias a ello, Carleton Gajdusek, un médico estadounidense, inyectó un poco de tejido cerebral proveniente de alguien muerto de kuru en un chimpancé que desarrolló los síntomas, con lo cual quedó probada la transmisibilidad de ese mal. Le dieron un Nobel. Gracias a Shirley, por cierto. Gracias que ni le dio.
 Ya en los años 80, otro investigador estadounidense, Stanley Prusiner aisló el agente causal de la enfermedad, que no era un gen como creía Bennet sino una pequeña proteína bautizada "prión", que en este caso se plegaba de forma anómala. Le dieron un Nobel, también.
El mal de la Vaca Loca apareció en el Reino Unido a fines de los 80. Al verse los cerebros del ganado agujereados como esponja, se lo pudo asociar rápidamente con el kuru. Por eso, al aparecer los casos de esta encefalopatía en humanos en 1996, se pudo tomar medidas rápidamente ya que no había dudas acerca de cómo se había dado la transmisión de esos priones: consumo de carne vacuna afectada. Todo esto gracias al aporte conjunto de la investigación en medicina, biología molecular... y antropología.
Por su parte, luego Shirley Lindenbaum trabajó en Bangladesh y finalmente se volvió a radicar en EEUU para hacer grandes contribuciones sobre la propagación del HIV/SIDA. Hoy, es profesora emérita de la City University of New York.
¿Qué nos muestra este ejemplo? Que las ciencias se nutren unas a otras y se retroalimentan. En tiempos en que crece el ataque a científicos del CONICET en redes sociales, sostenido por operadores mediáticos y trolls, es más necesario que nunca defender la unidad de las ciencias y la contribución que hacen, trabajando conjuntamente, para la expansión del conocimiento humano. 

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