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Ciencia

La batalla global contra las teorías conspirativas

¿Ante qué narrativas nos enfrentamos desde la aparición del coronavirus y por qué son tan peligrosas? ¿Cómo influyen las redes sociales? ¿Cómo hablar con los que piensan distinto?

La batalla global contra las teorías conspirativas

La batalla global contra las teorías conspirativas

Por: Florencia Luna

En tiempos de crisis, las teorías conspirativas pueden propagarse tan rápido como un virus. Y mientras la pandemia de COVID-19 puso al mundo en una lucha por comprender la magnitud de la situación a la que se enfrentaba, fuerzas más oscuras inventaban sus propias narrativas.

Que la tecnología inalámbrica 5G causó la pandemia de COVID-19, que no existe un contagio como te lo quieren plantear, que todos los medios de comunicación trabajan para los mismos poderosos que manejan el mundo, que el conocido infectólogo Cahn hizo mucha guita con el tema del SIDA, que están mintiendo con las estadísticas e inflando los números en todo el mundo, que todos los políticos son masones o sionistas, que Bill Gates había creado el virus y usaría vacunas para monitorear a las personas a través de un microchip inyectado, y la lista podría continuar indefinidamente. 

Las afirmaciones falsas proliferaron en silencio entre los grupos predispuestos a difundir el mensaje: personas que se oponen a las vacunas, niegan los efectos del calentamiento global causado por los seres humanos o ven a determinados desarrollos tecnológicos como un ataque a la privacidad; son parte de un océano de desinformación que se está extendiendo constantemente de manera online y aunque esto no es nada nuevo, el coronavirus es la tormenta perfecta para la difusión de rumores y noticias falsas. Pero ¿dónde comienzan? ¿Cómo se desarrollan y mutan estas olas de fake news?

Con las personas pasando más tiempo en casa, es de esperar que exista una mayor búsqueda en línea de respuestas a una situación incierta y cambiante así como una mayor a exposición a lo que la Organización Mundial de la Salud (OMS) califica como una infodemia, es decir, a una cantidad excesiva de información ‒en algunos casos correcta, en otros no‒ que dificulta encontrar fuentes confiables y orientación fidedigna cuando se las necesita.

Esta situación tiene a los investigadores rastreando cómo se difunde la información y en este sentido, la enfermedad de COVID-19 es un tema experimental como ningún otro; y como la ciencia a veces no corre a los tiempos de nuestras incertidumbres entonces las ideas más descabelladas comienzan a llenar el vacío y las redes sociales son el caldo de cultivo perfecto para su propagación.

Pero empecemos por el principio y conozcamos algunas de esas teorías.

El origen del virus

Datos de las encuestas de varios países, incluyendo Reino Unido, Estados Unidos, Francia, Austria y Alemania, demostraron que la teoría más persistente y generalizada durante la pandemia de COVID-19 es aquella que sostiene que el nuevo coronavirus se creó en un laboratorio y fue desatado por un negligente, bien por accidente o de manera intencional. Aquellos que van por la primera opción, la del accidente, afirman que el virus fue liberado por el Instituto de Virología de Wuhan; mientras que los segundos aseguran que se creó deliberadamente como un arma de guerra biológica, ya sea por los chinos o los estadounidenses.

A raíz de esto, y a pesar de lo improbable de su veracidad, biólogos evolutivos y virólogos de varios países decidieron tomar la idea como una hipótesis seria y se dedicaron a analizar el virus en busca de pistas de que podría haber sido creado por el hombre, o cultivado y liberado accidentalmente de un laboratorio. 

Fue claro inmediatamente que el virus no era de origen humano. Los investigadores explican que cualquiera que desee crear uno necesitaría trabajar con virus ya conocidos y diseñarlos para que tengan las propiedades deseadas, algo que no sucedía con el SARS-CoV-2, que tiene componentes que difieren de los los virus previamente conocidos.

En el estudio, publicado en Nature Medicine, se compararon el SARS-CoV-2 con otros coronavirus encontrados recientemente en la naturaleza y se encontró, además, que varias de sus características (como los aminoácidos y los sitios de fijación de los azúcares) prueban la similitud del SARS-CoV-2 con los virus de murciélago y pangolín —mamíferos placentarios—, una de las mejores pruebas de que el virus es natural. Esto se explica porque los virus, especialmente los de ARN como los coronavirus, frecuentemente intercambian genes en la naturaleza.

Los resultados del mismo artículo, a su vez, desacreditan otras teorías que afirmaban encontrar similitudes con el VIH causante de la enfermedad del sida. Si bien ambos virus comparten un ancestro común —lo que deriva en que parte de su material genético coincida—, tomar en cuenta esos fragmentos comunes para decir que ambos son parecidos, agregan los científicos, equivaldría a "encontrar una palabra en un libro que se repite en otro y decir que ambos tienen partes que son iguales".

Las redes 5G

Las teorías conspirativas en torno a los telefonía móvil tienen larga data: en 1903 los médicos ya hablaban de la “radiofobia” o miedo a la radiación y para la década de 1990 opositores a la tecnología 2G sostenían que la radiación de los celulares podía causar cáncer.

Hoy en día el estándar 2G fue ampliamente desplazado, con todos sus variaciones intermedias, por el 5G, y así también los relatos que lo rodean. Algunas teorías sobre este último incluyen la idea de que fue responsable de la muerte inexplicable de pájaros y árboles, y una de las primeras versiones afirmaba que “no era coincidencia que la tecnología 5G se probara en Wuhan, donde comenzó la pandemia” (aunque esto es incorrecto, ya que el 5G se estaba implementando en varias ubicaciones de manera simultánea).

Otros afirman que la crisis del coronavirus se creó deliberadamente para mantener a las personas en sus hogares mientras los ingenieros instalan la tecnología en todas partes (¿con qué fin?), mientras otros insisten en que la radiación 5G debilita el sistema inmunitario de las personas, haciéndolas más vulnerables a la infección por COVID-19. 

Pero no existe una base científica que conecte a las redes inalámbricas 5G con la enfermedad de COVID-19. Se trata simplemente de la generación más nueva de redes inalámbricas, que afirma ser más rápida y más eficiente que las versiones anteriores. Al igual que sus predecesoras, como 3G y 4G LTE, 5G transmite a través de ondas de radio, una parte no dañina del espectro electromagnético.

Curas mágicas y salud pública

Como cualquier otra enfermedad de la que todavía no se conoce cura alguna, los tratamientos mágicos empezaron a salir por debajo de la tierra. En Francia, por ejemplo, se difundió la noticia en facebook de una deliciosa terapia para el virus: el queso Roquefort. Y aunque esto pueda parecer inofensivo, hay alternativas que no lo son, como el rumor de que la cocaína podría curar COVID-19 que hizo que el Ministerio de Salud francés emitiera una declaración de advertencia. 

"No, la cocaína NO protege contra #COVID19. Es una droga adictiva que causa efectos adversos graves y perjudiciales para la salud de las personas", se puede leer en el tweet.

De manera similar ocurrió en Estados Unidos y Brasil, cuyos respectivos mandatarios, Donald Trump y Jair Bolsonaro, insistieron en diversas ocasiones en la hidroxicloroquina como terapia contra el COVID-19. La hidroxicloroquina, cabe aclarar, es un medicamento contra la malaria que puede ser muy riesgoso cuando no se toma bajo un seguimiento médico —es muy tóxico a nivel cardiológico y puede provocar arritmias severas— y de hecho todavía, si bien se están llevando adelante estudios controlados randomizados, no tenemos resultados y por ende no existe evidencia suficiente y de calidad que permita afirmar que es efectiva.

Pero el peligro va más allá de las falsas esperanzas y el atentado a la salud individual de las personas que creen y deciden automedicarse. Las teorías conspirativas representan un peligro también cuando aseguran que no es una amenaza real o grave, o cuando  buscan instalar o legitiman discursos de odio, en este caso, hacia personas de ascendencia asiática y europea, y los migrantes en general, estigmatizadas por propagar el coronavirus; cuya consecuencia obvia es que las personas terminan ocultando su enfermedad para evitar la discriminación y evitan, asimismo, la atención médica inmediata, algo que puede costarles la vida.

“Mi etnicidad no es un virus” reza uno de los carteles.

Las redes sociales

Actualmente, diversos investigadores están poniendo el foco en rastrear y analizar las falsedades que flotan alrededor de este todavía incierto patógeno, específicamente en redes sociales (como este, este y este estudio), tanto la información que es incorrecta pero no deliberadamente engañosa, como aquella que sí tiene la intención de engañar. 

En su mayoría coinciden en que es una batalla que no se puede ganar por completo —porque no es posible evitar que las personas difundan rumores infundados—, pero si se pueden idear estrategias efectivas para “aplanar la curva” de la infodemia, de modo que la mala información no pueda extenderse tan lejos y tan rápido, sobre todo en un contexto de crisis de salud global donde la información inexacta no sólo engaña, sino que también podría implicar una cuestión de vida o muerte si las personas comienzan a tomar medicamentos no probados, ignoran los consejos de salud pública o rechazan una vacuna si comienza a estar disponible.

Por otro lado, sostienen que a pesar de las regulaciones de plataformas como Twitter y Facebook sobre el contenido que en ellas se publica, la información siempre migra a otros lugares (como Whatsapp). Y destacan también la necesidad de una moderación más estricta y más rápida, particularmente cuando publicaciones ya identificadas y eliminadas reviven con otros links, así como ajustes a los discursos políticos cuando estos amenazan vidas, dado que la información errónea sobre la salud está cada vez más enterrada en mensajes que parecen estrictamente políticos a primera vista.

¿Cómo hablar con los que piensan distinto?

En tiempos de coronavirus las conversaciones pueden ser difíciles. ¿Qué podemos hacer para ayudar en la lucha contra la infodemia? ¿Cómo hablamos con las personas que no consideran importante el distanciamiento social y quieren salir de sus casas por razones no imprescindibles? ¿Existe alguna manera de mejorar nuestras conversaciones? 

Guadalupe Nogués, doctora en Biología, comunicadora y autora del libro "Pensar con otros: una guía de supervivencia en tiempos de posverdad", nos da una pequeña guía para tener a mano ante una cadena de dudosa procedencia:

Guía de supervivencia de bolsillo

  1. ¿Es el mensaje altamente emocional? ¿Leer el mensaje te genera emociones como ansiedad, pánico o miedo? Recordá que los mensajes se amplifican más cuando son emocionales sean o no verdad. Es difícil, pero si te pasa eso, tomate unos segundos para revisar esta guía.
  2. ¿Las afirmaciones vienen de alguna fuente confiable? Recordá siempre repreguntar por las fuentes de la información. 
  3. Si se está citando a una persona experta, ¿es reconocida dentro de su comunidad? ¿Estás escuchando al especialista o a otras personas que no tienen formación en el tema? ¿Es posible que se esté citando a una persona que no dijo lo que el mensaje afirma?
  4. ¿Cómo actuamos frente a esa información? ¿Colaboramos o no con su difusión antes de saber si es verdad? Mientras más delicada es una situación y más miedo nos genera, más importante es cuidarnos de distribuir información falsa.

Pensar con otros

  1. ¿Estamos tratando a esa persona con amabilidad? ¿Entendemos por qué se resiste a cambiar de idea? Hablemos con tranquilidad y respeto, expresemos que nos preocupa su bienestar. Si vemos que no podemos mantener la calma, quizás mejor esperar otro momento.
  2. ¿Podemos contextualizar el tema de manera que resulte relevante? Por ejemplo, si la otra persona está preocupada por un ser querido, resaltar que cuando nos aislamos lo protegemos. Si necesita salir para hacer cosas, ver si podemos ayudarle.
  3. ¿Nos cuidamos de no generar un efecto rebote al abrumar con información? Pensemos cuál es el paquetito mínimo de cosas que alguien tiene que saber para estar bien, centremos el mensaje en eso.

Nos entendamos, nos cuidemos, nos guardemos, nos tratemos bien.


 

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