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Análisis | Durmiendo con el Asesino, la glorificación de Ted Bundy

Los asesinos seriales no dejan de estar 'a la moda'. Para hacerle la competencia a Charles Manson, Ted Bundy vuelve a la pantalla con todo su encanto y falta de culpas. 

Amores que matan(Bf Distribution)

Amores que matan | Bf Distribution

Por: Jessica Blady

Joseph Berlinger es un realizador afecto a los documentales criminales, casi siempre llamando la atención sobre temas de justicia social, ya sean en los  Estados Unidos o en otras partes del mundo, con películas como “Paradise Lost: The Child Murders at Robin Hood Hills” (1996), “Crude” (2009) o “Whitey: United States of America v. James J. Bulger” (2014). Muchos están de acuerdo en destacar que el estilo de Berlinger allanó el camino para el ‘true crime’ tal cual lo conocemos, hoy gracias al éxito de “Making a Murderer”, entre otros proyectos.    

El mismo director probó las mieles del suceso de la gran N con “Conversations with a Killer: The Ted Bundy Tapes”, miniserie que se mete de lleno en la cabecita de uno de los asesinos seriales más nefastos que conoció el país del Norte, y uno de los criminales más notorios dentro de la cultura pop, gracias (o por culpa) de la intervención de la prensa. Nombres como los de Bundy, David Berkowitz -conocido como “El hijo de Sam”- y hasta Charles Manson marcaron un antes y un después en estos asuntos tan delicados y su relación con el inconsciente colectivo, mucho más interesado en el perpetrador y sus métodos que en las víctimas.  

Hay algo hipnótico en estos individuos que nos hace querer sumergirnos en cada uno de los pequeños y sangrientos detalles de sus fechorías (sí, nos pasa a todos), de ahí la popularidad de la que goza por estos días el ‘true crime’ televisivo, impulsado también por dramas comoMindhunter. De repente, Manson vuelve a estar en boca de todos debido a su aparición en la segunda temporada de la serie de Netflix y en “Había una Vez… en Hollywood” (Onve Upon a Time… in Hollywood, 2019) de Quentin Tarantino, pero Bundy no se quiere quedar atrás y aprovecha la moda para inundar las pantallas con su macabra historia.     

A su favor, tenemos que decir que “Ted Bundy: Durmiendo con el Asesino” (Extremely Wicked, Shockingly Evil and Vile, 2019) tuvo su premiere mundial en el Festival de Cine de Sundance en el mes de enero y luego pasó a la pantalla de la N roja sin escalas. Por esas cosas inexplicables de la distribución, no está disponible por nuestros pagos, en cambio, aprovecha el momento y llaga a las salas de cine locales para conquistarnos con sus desventuras un tanto ‘románticas’ y enfermizas.

La película de Berlinger, al igual que su documental, hace foco en el asesino y, sobre todo, en la relación con Liz Kendall (Lily Collins), secretaria y madre soltera que conoció a Ted (Zac Efron) en 1969 y, casi hasta el final de sus días (y a pesar de sus sospechas), profesó la inocencia de este hombre encantador y carismático quien supo ser su pareja durante años. Claro que también era un sociópata engreído que terminó confesando treinta de sus horrendos crímenes, todos ellos femicidios.  

El director y el guionista Michael Werwie toman como punto de partida las memorias de Kendall, “The Phantom Prince: My Life with Ted Bundy”, tratando de que nos paremos desde el punto de vista de esta protagonista, algo que nunca funciona porque el acento y la glorificación siguen puestos en la figura de Bundy. Entendemos que este hombre era súper atrayente y comprador: en aquella época, nadie podía creer que alguien tan ‘apuesto’ sea capaz de perpetrar semejantes atrocidades. De ahí, las groupie que se aglomeraron a su alrededor durante el juicio, o las mujeres que se enamoraron de él e insistieron en su inocencia, entre ellas, su esposa Carole Ann Boone (Kaya Scodelario).

Tan engreído y carismático, como psicópata

Suena enfermizo y así lo plantea la película: las mujeres que aparecen delante de la cámara nunca están asustadas ante este ‘enemigo’, en cambio, parecen desesperadas por un poco atención y afecto. Con el correr de los años y las acusaciones, Liz decide acabar con la relación y ahí es donde su vida se empieza a descarrilar, incapaz de soltar esta conexión, seguir adelante con una nueva pareja (Haley Joel Osment) o dejar el consumo de alcohol, que empieza a hacer mella en su salud. Obviamente, podemos detenernos y tratar de analizar estas relaciones y el estado emocional de estas víctimas indirectas, pero a los realizadores no les interesa este enfoque. E cambio, sí los carismáticos momentos de Bundy, muy bien encarnado por Efron.

Mientras tanto, Bundy salta de juicio en juicio, de estado en estado, y de escape en escape, supuestamente, con la intención de reunirse con su amada. Por suerte, Berlinger no tiene la necesidad de escarbar en todos os truculentos detalles de cada crimen -para eso está su documental-, pero tampoco se preocupa demasiado por las víctimas. Todo tiene que ver con su ‘rock star’, y cómo encandila a estas mujeres que vienen en eterna negación.    

Para ello, la historia va y viene en el tiempo de manera un tanto desordenada y poco atractiva narrativamente, sumando los momentos más destacados de la carrera criminal de Bundy, que nunca deja de estar al centro y al frente. Curioso, más si tenemos en cuenta el material de origen. El relato nunca logra la sensibilidad necesaria para con Liz, quien se queda en su casa sufriendo los efectos depresivos de la culpa, convirtiéndose en un personaje de adorno y sin peso verdadero, que nuca puede contrastarse con el hipnótico y destacado Ted Bundy.    

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