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La tercera temporada del hit de Netflix, se despide entre batallas monumentales, mosnstruos vengativos y personajes redimidos.
ACLARACIÓN: Está reseña contiene spoilers de la tercera temporada de Stranger Things.
El título -“Chapter Eight: The Battle of Starcourt”- lo dice todo (¿alguien pensó en los bastardos?), y como gran parte de esta temporada, no esconde muchas sorpresas para el espectador que siempre va un paso delante de los protagonistas. En pocas palabras, los hermanos Duffer fueron a lo seguro, de la mano de una historia un tanto perezosa, que mejora en cuanto a las fallas de la entrega anterior, pero ya no se aferra a los misterios como en la primera. Siempre podemos volver a Alfred Hitchcock y su diferenciación entre “sorpresa” y “suspense”: en el primer caso, el público sabe tanto como los personajes; en el segundo, sabe mucho más y así, sumándolos a la historia, se construye el “suspenso”.
Lamentablemente, la tercera temporada de “Stranger Things” se queda a mitad de camino en cuanto a estas cuestiones narrativas, prefiriendo siempre la espectacularidad y los efectismos, a las tramas bien construidas. Lo mejor de esta entrega es que los realizadores deciden concentrarse en los personajes, su dinámica, y su desarrollo dentro de este nuevo entorno de madurez y pubertad, pero no ponen el mismo empeño en el contexto fantástico, repitiendo la fórmula del monstruo que quiere atravesar el portal y hacer estragos en nuestra dimensión.
Se agradece la extensión de este universo terrorífico mostrando las cualidades del Mind Flayer a la hora de crear y controlar nuevas criaturas, así como el diseño de este bicho horrendo y los efectos especiales que los acompañan. Eso sí, la suspensión de la incredulidad está a la orden del día cuando se trata de mantener cierta lógica y cohesión. No importa que haya un monstruo enorme deambulando por Hawkins, nadie excepto nuestros héroes, parece notar su presencia, mucho menos algún tipo de figura de autoridad.
Estos son los pequeños (no tan pequeños) detalles que deslucen la trama, acá un último enfrentamiento y sacrificio (todo muy de librito) para frenar el avance de la bestia, una que no se puede eliminar por completo, dejando esa puerta abierta para la próxima temporada.
Nos habíamos quedado con Eleven lidiando con esa parte del monstruo que quedó en su interior tras la picadura. Ahora, con sus poderes desvanecidos y unas cuantas heridas, más que nunca debe apoyarse en sus amigos y en su papá, que llega para enfrentar a los rusos. Siguiendo los planes de Alexei, y las indicaciones de Dustin y Erica, Hopper, Joyce y Murray se adentran en las entrañas de Starcourt para destruir la bendita máquina, mientras los chicos se ponen a salvo. Algo que no llega a pasar, ya que el Billy poseído los obliga a refugiarse una vez más en el centro comercial, donde la cosa se pone violenta.
Por su parte, Dustin, Erica, Steve y Robin parten hacia Cerebro para mantener las comunicaciones con la base subterránea que, eventualmente, necesita la ayuda de Suzie (Gabriella Pizzolo), una nerd con algunas condiciones (sí, la chica existe). Todavía no estamos seguros si el momento “Never Ending Story” es lo más tierno o lo más creepy del capítulo, pero no caben dudas de que a los Duffer les gusta hacer estas pausas bizarras en medio del advenimiento del apocalipsis, ya que algo parecido ocurre con Jim y la señora Byers, planeando citas y hablando de sus sentimientos, rodeados de espías rusos.
Al mismo tiempo que se dan estos momentos tan simpáticos, Billy irrumpe en Starcourt con toda la violencia a cuestas, trayendo consigo al Mind Flayer. Después de dejar a varios niños inconscientes, logra llevar a Eleven hasta el depredador, pero la chica logra conectar con su lado más humano, propiciando su sacrifico a modo de redención. No hay tiempo para llorar por el pobre pibe, porque el monstruo sigue en plan de ataque, aunque abajo, en el subsuelo, se les está dificultando el cierre del Portal.
Claro que Grigori llega para impedir la destrucción de la máquina, pero es Hopper el que se sacrifica acabando con el ruso, pero encerrado en la habitación cuando el cañón explota, evaporizando a todos a su alrededor. O eso es lo que nos quieren hacer creer los Duffer, ya que nunca muestran el momento preciso, y el epilogo (y ese torpe corte a negro) deja flotando la sospecha de que el policía fue capturado por los soviéticos.
Con el Portal cerrado una vez más, el monstruo cae al instante, demostrando que el amor, la amistad y el trabajo en equipo son más importantes y potentes que cualquier ayuda del gobierno y sus agentes… los cuales llegan demasiado tarde, ¿en serio? En este punto, la imponente batalla final y las pérdidas, pesan más que cualquier coherencia narrativa que necesitemos, y los realizadores le apuestan todo a la emotividad forzada del momento.
La temporada tres de “Stranger Things” nos deja un epílogo que, tres meses después, nos muestra la partida de Joyce, sus hijos y Eleven de Hawkins, un plan que la señora venía elaborando desde los sucesos con Will y la muerte de Bob Newby (Sean Astin). Las despedidas son tristes, pero todos prometen volver a verse prontamente, y seguro, con alguna otra amenaza en puerta. Eleven ya no tiene sus poderes, pero sí la posibilidad de seguir una vida normal, compartiendo experiencias con amigos que nunca la van a dejar de apoyar.
Mientras los rusos experimentan con un Demogorgon en una base secreta de Kamchatka (¿esta gente nunca vio Alien?), la pandilla debe dispersarse como en tantas otras aventuras juveniles. Los Duffer aprovecharon y ‘redimieron’ a dos de sus personajes más tóxicos -el violento Billy y el machirulo Jim-, dejando que muchas de sus protagonistas femeninas pasaran al frente para tomar las riendas de sus propios destinos.
El resultado final es una temporada más redonda y entretenida que la anterior, pero mucho más simplista desde sus motivaciones. Las muertes no tienen peso, ni los acontecimientos repercusiones, al menos a la vista de los habitantes de Hawkins. Se entiende la necesidad de hacer hincapié en los personajes y sus historias (bien ahí), pero hasta cuándo se puede extender el curro del Upside Down y los portales que se abren por aquí y por allá. Si no son los norteamericanos, son los soviéticos (villanos de manual ochentoso), uno de los tantos lugares comunes explotados durante esta entrega que brilló desde las relaciones, pero no desde la resignificación de sus tropos, ni la originalidad de su argumento.
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