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Música

El Luna Park se encendió con Divididos y la Aplanadora del Rock regaló delirio

Más de tres décadas vigentes, se evidencian en cada actuación y no es casualidad que agoten cada recital que hagan. Su público es fiel y ellos también, porque hasta que no lo dan todo, no se van. Lo hicieron una vez más y esta vez en el estadio más mítico de Buenos Aires, y estuvimos ahí para contártelo.

 

Foto: Emiliano Collado.

Foto: Emiliano Collado.

Por: Antonella Punzino

Casi tres horas de show, 29 canciones, y más de 8 mil almas vibrando la Aplanadora del Rock, fue lo que se gozó este viernes (y también el jueves) en el escenario más mítico de Buenos Aires. Claro, en el Luna Park.

A veces contar cómo fue un show de Divididos quizás cuesta ponerlo en palabras, porque la energía que se vive es única. La fuerza de la música, desde un rock pesado inspirado en Led Zappelin, una chacarera de Mario Arnedo Gallo o el clásico folclore de Atahualpa Yupanqui, el infaltable de la Aplanadora, hacen de la mística de la banda un ADN excepcional de nuestro rock nacional y que jamás defrauda.

Más de tres décadas en los escenarios, se evidencian en cada actuación y no es casualidad que agoten cada recital que hagan. Su público es fiel y ellos también, porque hasta que no dan todo en el escenario, no se van.

Es por eso quizás que aunque no saquen un disco hace más de 12 años, pero sí canciones sueltas durante el último tiempo, es que el fandom de Divididos los sigue adonde vayan, porque sus hits son canciones que siempre están vigentes y se resignifican cada vez que suenan. Son ese mimo a un fanatismo que podría compararse con un futbolero.

Pasadas las 21:30 el trío de Ricardo Mollo, Diego Arnedo y Catriel Ciavarella, irrumpió en el escenario con una euforia que estuvo a la altura de la arenga de la hinchada que colmaba las plateas y campo del Luna.

La primera parte del show comenzó con "Che qué esperás", "Haciendo cosas raras", "Hombre en U" y "Buscando un ángel" del infaltable Amapola del 66. Luego le siguió el tridente sin cortes de "Azulejo, Qué Tal y La Rubia Tarada", un clásico que rememora las mejores épocas de Sumo.

Catriel Ciavarella descosiendo la bata. Foto: Emiliano Collado.

Y de esta manera, la primera parte eléctrica y a apuro rock, la cerró "Tanto anteojo", "Vida de Topos", que mención aparte, vino con anécdota incluida como intro de la canción. Con un Mollo más interactivo y charlatán que en otros recitales, contó que ayer se encontró con un viejo amigo que venía de un lugar tranquilo, apartado de la ciudad. Resulta que a este amigo le había llamado la atención la vorágine de la city, cómo estaban todos tan metidos en sus celulares sin mirar ni siquiera para el costado. Una reflexión digna de los tiempos que vivimos: "Se despertó una vez, solo para morir, su vida de ansiedad, lo llevó a un sueño sin fin". Después le siguió "Cabalagata", "Sábado" y "Rasputín".

De esta manera, con un parate mediante, se vino la parte acústica y más tranqui del recital. Un Mollo en solitario en el escenario iluminándolo solo a él y su potente voz, interpretaron las canciones más entrañables: "Spaguetti del rock", "Par mil", "Como un Cuento" y "Guanuqueando" acompañado de los infaltables instrumentos norteños y los músicos de Tres Mundos interpretando con guitarra, quena, sikus y el bombo de Arnedo. El resultado siempre es emoción y piel de gallina.

Diego Arnedo y su magia con el bajo. Foto: Emiliano Collado.

Pero la versatilidad no queda ahí y no deja de sorprender nunca cómo una banda tan estridente, desarme todo el escenario con un acústico cual canción de cuna o interprete nuestras raíces desde lo más profundo. Fue el momento en que Ricardo en vez de pedir el clásico círculo para el pogo, lo pidió para bailar una chacarera al ritmo de "La Flor Azul", la canción del recordado padre de Diego Arnedo, Don Mario, donde además saludaron a su familia santiagueña que estaba presente en el show.

Para seguir en la línea de homenajes, llegó así el momento de Atahualpa Yupanqui, quien es parte de la esencia de la Aplanadora y "El arriero" tuvo su esplendor con un Mollo al borde de la emoción.

En un momento de la noche, el narigón, volvió a hacer un parate en el show y se dirigió al público para hacer público su agradecimiento a las organizaciones sociales que se encargan del rescate y cuidados de animales callejeros (de una de ellas conoció a su querida perra Coca) y destacó su labor social y desinteresada en pos del bien común y protección animal. Otro párrafo aparte fue para La Garganta Poderosa, colectivo con el que Mollo está comprometido y seguidamente colabora o presta su voz para apoyar el trabajo que se hace para los "olvidados por el Estado y los gobiernos" como define en sus palabras.

El último tramo lo completaron "Casi estatua", "Crua Chan", "Amapola del 66", "Paisano de Hurlingham", "Paraguay", "Cielito Lindo", "Sucio y desprolijo", "El 38", "Ala Delta", "Ojo blindado" a pedido del público y el cierre con "DBD".

Una vez más, la Aplanadora lo hizo y dejó en claro que su rock está intacto y que los clásicos trascienden los años y el tiempo, porque al fin y al cabo, lo que importa es que ellos estén en un escenario para regalarnos delirio y rock, del que ya casi no queda de su palo.

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