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Ciencia

Todo lo que hay que saber sobre el cambio climático

El cambio climático está ocurriendo en todo el mundo y sus consecuencias pueden ser devastadoras, tanto para el ambiente como para las personas. Pero, ¿qué es? ¿Cómo se mide a lo largo del tiempo? ¿Cuáles son sus causas y cuáles sus efectos? ¿Qué pueden hacer las personas, las empresas y los gobiernos para hacer frente a esta crisis ambiental?

Todo lo que hay que saber sobre el cambio climático

El cambio climático no es un fenómeno nuevo; el vínculo entre la actividad humana y el efecto sobre el clima se viene estudiando desde hace décadas. Varios investigadores (Joseph Fourier, Alexander von Humboldt, Svante Arrhenius, entre otros) plantearon diversas hipótesis para explicar el creciente CO2 en la atmósfera, el aumento de la temperatura o la relación de estos con la quema de combustibles fósiles, pero no fue hasta 1950 que aparecieron las primeras pruebas, cuando la climatóloga estadounidense Eunice Foote —olvidada por la ciencia— realiza experimentos que permiten inferir como la concentración gases en la atmósfera afectan la temperatura de la Tierra.

Desde entonces, la evidencia se fue haciendo cada vez más robusta y hoy en día existe un consenso científico en torno a la idea de que nuestro modo de producción y consumo energético está generando una alteración climática global, que provoca —y seguirá provocando— profundas consecuencias ambientales, económicas y sociales.

Pero, ¿qué es el cambio climático? ¿Cómo se mide a lo largo del tiempo? ¿Cuáles son sus causas y cuáles sus efectos?

El cambio climático se define como una variación significativa de las condiciones climáticas promedio (por ejemplo, condiciones que se vuelven más cálidas, más húmedas o más secas) a lo largo de varias décadas o más. Son estas tendencias a largo plazo lo que provocan cambios en la variabilidad natural esperada del clima. Es decir, en condiciones normales los factores propios de cada región, como la altura, la distancia de un lugar respecto de la línea del ecuador, las corrientes de las zonas costeras, etc., determinan los diferentes tipos de climas según el lugar del planeta en que se encuentren; pero cuando las actividades humanas interfieren con la intensidad del calor, las precipitaciones, la intensidad o velocidad del movimiento del viento, la presión atmosférica o la humedad a raíz de la evaporación de las masas de agua del planeta (mares, océanos o ríos), se habla de cambio climático.

Los satélites que orbitan la Tierra, las estaciones meteorológicas remotas, las boyas oceánicas y otros avances tecnológicos permitieron a los científicos tener una visión global, así como recolectar información sobre nuestro planeta y su clima; y este conjunto de herramientas y datos reunido durante muchos años son los que revelan signos de un clima cambiante. En este sentido, cuatro indicadores clave como las concentraciones de gases de efecto invernadero, la subida del nivel del mar, el contenido calorífico de los océanos y la acidificación de los océanos son algunos de los factores que dan evidencia de que efectivamente estamos frente a un problema ambiental

Entre las causas se pueden mencionar la intensidad del sol, las erupciones volcánicas y los cambios en las concentraciones de gases de efecto invernadero; pero los registros indican que el calentamiento climático actual ocurre a un ritmo mucho más rápido que nunca y no puede explicarse únicamente por estas causas naturales, cuya influencia es demasiado pequeña.

En cambio, los seres humanos, o más específicamente, la actividad humana, es la principal causa. ¿De qué manera ocurre esto? Los GEI (dióxido de carbono o CO2, metano, óxido nitroso, clorofluorocarbonos) se producen de manera natural y son esenciales para la supervivencia de los seres humanos y de millones de otros seres vivos porque, al impedir que parte del calor del sol se propague hacia el espacio, hacen la Tierra habitable. Pero la industrialización, la quema de combustibles fósiles, la deforestación, la producción ganadera y la agricultura a gran escala incrementan la concentración de gases de efecto invernadero (GEI); y en consecuencia, los bosques y océanos responsables de absorber el dióxido de carbono de la atmósfera a través de la fotosíntesis y otros procesos, ya no pueden seguir el ritmo de nuestras emisiones. 

Yendo a lo particular, la generación de electricidad y calor a través de la combustión de carbón o gas produce dióxido de carbono y óxido nitroso, que son potentes gases de efecto invernadero que cubren el planeta y atrapan el calor proveniente del sol. Las fábricas, la maquinaria para la producción de cemento, hierro, acero, componentes electrónicos, ropa u otros bienes, la minería y otros procesos industriales generan gases de la misma forma; mientras que algunos materiales, como los plásticos, están compuestos de sustancias químicas derivadas de los combustibles fósiles. La tala de bosques para fines ganaderos y agricultores, para dar lugar a las actividades mineras o a la urbanización, o bien para satisfacer la creciente demanda de madera, productos de papel y combustible baratos limitan la capacidad de la naturaleza para mantener el CO2 fuera de la atmósfera. Y la mayoría de los medios de transporte para funcionar necesitan de la combustión de productos derivados del petróleo, lo que los convierten en uno de los sectores que más contribuyen a generar GEI. Finalmente, la producción, el envasado y la distribución de los alimentos provocan emisiones de metano, dióxido de carbono y otros gases de diferentes maneras (algunas de las mencionadas arriba) y los edificios residenciales y los comerciales consumen más de la mitad de la electricidad total utilizando carbón, hidrocarburos y gas natural para los sistemas de calefacción y climatización.

Respecto a su origen, algunas de las últimas estimaciones ubican a China como el mayor emisor de CO2 a nivel mundial, y a este le siguen Estados Unidos, India, Rusia y Japón; lo que no quiere decir que el resto de los países no aporten lo suyo. 

Mucha gente piensa que el cambio climático implica principalmente temperaturas más cálidas. Sin embargo, esto es solo el comienzo. Las consecuencias del cambio climático incluyen, entre otras, tormentas destructivas más intensas y más frecuentes, sequías y escasa disponibilidad de agua (lo que a su vez aumenta la vulnerabilidad de los ecosistemas y la reducción de las tierras aptas para el crecimiento de cultivos), disminución de la biodiversidad y extinción de especies, escasez de alimentos, más riesgos para la salud (física y mental), incendios graves, aumento del nivel del mar, inundaciones, deshielo de los polos, tormentas catastróficas y destrucción de hogares y comunidades.

Hacer frente a la mayor amenaza ambiental a la que se enfrenta la humanidad requiere el compromiso y financiamiento de los gobiernos y empresas; así como de políticas, estrategias y planes nacionales que tiendan no solo a mitigar los impactos del cambio climático (reduciendo la emisión de gases de efecto invernadero) sino también a la adaptación (ajustarse a los efectos actuales y futuros). Son necesarias, entre otras cosas, la transición a las energías renovables, el empleo de tecnologías más limpias en el sector industrial, la adecuada gestión de los residuos, una mejor planificación urbanística, un uso eficiente de la energía, educación para que las personas cambien sus actitudes y conductas, y comunicación y sensibilización sobre temas ambientales y de sostenibilidad.

Finalmente, si bien depende de las corporaciones hacer el trabajo pesado, adoptar un estilo de vida vegano, usar el transporte público, ser consumidores más conscientes e involucrarnos en el activismo ambiental tambien pueden contribuir a la lucha contra el cambio climático.