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Historia de una hazaña (II): la llegada a la Luna

Los detalles del viaje, desde el diseño del cohete hasta la famosa frase de Neil Armstrong.

Historia de una hazaña (II): la llegada a la Luna

Historia de una hazaña (II): la llegada a la Luna

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Por: Diego Córdova*

Apenas unas semanas antes de pronunciar el famoso discurso al que me referí en la nota anterior, Kennedy había estado en Huntsville, Alabama, donde el ingeniero Wernher Von Braun y su equipo venían realizando pruebas con la nueva familia de cohetes llamada Saturno. El potencial desplegado en un lanzamiento de prueba había convencido a Kennedy que ese era el camino a seguir.

Un cohete por etapas

Hasta ese momento no había certeza acerca de cuál era el mejor método para ir a la Luna. El llamado “disparo directo” necesitaba de un gran vector que pudiera despegar y llevar a los astronautas directamente a la Luna, pero una vez allí la nave resultaría demasiado grande y pesada para trabajar y luego regresar a la Tierra.

La solución de Von Braun era un cohete por etapas que llevaba en su interior dos naves más pequeñas: el módulo de mando, que sería la nave principal donde viajarían tres astronautas, y el módulo lunar, que serviría para llevar a otros dos y, finalmente, alunizar.

Wernher von Braun

Una vez finalizada la misión, el módulo lunar despegaría de la superficie llevando a sus ocupantes a la órbita lunar, donde los aguardaría su compañero en el módulo de mando; ambas naves se acoplarían luego para que toda la tripulación se reuniera en el módulo de mando y así emprender el regreso a la Tierra.

La maniobra de encuentro y acople en la órbita lunar era muy resistida por los ingenieros de la NASA, ya que implicaba controlar con precisión dos naves que se movían a una velocidad promedio de 28.000 km/h y realizar una maniobra de acople a casi 400.000 kilómetros de distancia de la Tierra. Sin embargo, esta opción fue la que permitió generar un módulo lunar pequeño y maniobrable y con ello hacer posible la hazaña que se deseaba concretar.

El programa Gemini y los comienzos fallidos de Apolo

Entre los años 1965 y 1966 hizo su aparición el programa Gemini: una serie de diez vuelos tripulados en naves de dos plazas destinados a realizar ensayos de maniobras orbitales, encuentros con otras naves y acoples con objetivos pasivos. Al mismo tiempo, sirvió para probar la resistencia humana y la de sus trajes en caminatas espaciales.

Tal vez el programa Gemini no fue tan difundido por la prensa pero sus logros fueron realmente significativos para que el programa Apolo por fin pudiera tener lugar. De hecho, muchos de los astronautas que participaron en las misiones Apolo eran veteranos del programa Gemini.

Apolo no se inició de la mejor manera. En enero de 1967, los astronautas Virgil Grisson, Edward White y Roger Chaffee estaban preparándose para una misión de pruebas, que consistiría en mantenerse en órbita terrestre durante dos semanas. Se encontraban en el interior de la cápsula, con sus trajes espaciales puestos y el ambiente presurizado con oxígeno puro, cuando un chispazo en un cable raído en el interior de la cabina provocó un rápido y voraz incendio que terminó matándolos.

El terrible accidente motivó un rediseño de la nave Apolo y de los trajes espaciales.

Primeros éxitos

Superado el grave traspié, las misiones Apolo encontraron sus primeros éxitos en las misiones no tripuladas en las que se probó el gran cohete Saturno V, el vector de 111 metros de alto que sigue siendo, al día de hoy, el más grande y poderoso de la historia.

Ya en 1968 las misiones tripuladas Apolo 7 y 8 terminaron de certificar al módulo de mando como una nave apta y lista para volar a la Luna: los astronautas de Apolo 8 (Frank Borman, James Lovell y William Anders) fueron los primeros seres humanos en orbitar la Luna. 
Durante la primera parte de 1969, las misiones Apolo 9 y 10 probarían el módulo lunar en la órbita terrestre y en la órbita lunar respectivamente.

Finalmente: el Apolo 11

La responsabilidad del primer descenso lunar tripulado recaería sobre los astronautas Neil Armstrong, Buzz Aldrin y Michael Collins. Los tres eran veteranos de un vuelo espacial en el programa Gemini, tenían prácticamente la misma edad (40 años) y, curiosamente, pesaban y medían lo mismo (74 kg. y 1,79 mts.).

La misión de Apolo 11 estaba dirigida a una región de la Luna llamada el Mar de la Tranquilidad, seleccionada por tratarse de una gran llanura y por situarse en el ecuador lunar, la zona donde las maniobras orbitales serían más sencillas tanto para el alunizaje como para un eventual regreso de emergencia a la Tierra.

Tras varias semanas de deliberaciones, el lanzamiento de Apolo 11 quedó fijado para el 16 de julio de 1969. Ese día, a las 13.32 (UTC; la hora local era las 9.32), el Saturno V se elevó rugiente desde la plataforma 39A de Cabo Cañaveral frente a más de un millón de personas que se hallaban apostadas en las inmediaciones. Mientras tanto, en el Centro de Control de Misión en Houston, Texas, ya estaban tomando el control de la nave.

El viaje

Una vez superada la órbita terrestre y transcurridas poco más de tres horas de vuelo, el módulo de mando, bautizado como Columbia, se separó de la tercera etapa del Saturno V (las dos anteriores ya habían sido descartadas en las fases previas) giró 180 grados y se acopló al módulo lunar Águila para sacarlo de allí e iniciar el viaje de tres días a la Luna.

El viaje transcurrió en la más absoluta normalidad y rutina, apenas quebrantada por la noticia de una sonda soviética, no tripulada, que viajaba casi a la par del Apolo 11 con el fin de descender en la Luna. La carrera espacial era literalmente eso: una carrera. 

Al llegar a la órbita lunar, los astronautas Armstrong y Aldrin se trasladaron al módulo lunar Águila, se desacoplaron del Columbia -donde Collins los aguardaría hasta su regreso- y comenzaron la maniobra de descenso propulsado hacia el punto señalado del Mar de la Tranquilidad.

Durante el descenso, varias veces tronó en el interior del módulo lunar la alarma de la computadora de abordo que marcaba una sobrecarga de datos. Si bien el problema no era grave, fue un foco de distracción para los astronautas y para los controladores de misión en Houston, lo que provocó que se pasaran levemente de largo del punto fijado. Levemente, sí, pero lo suficiente como para sobrevolar una zona no deseada de grandes rocas.

El alunizaje

En los últimos segundos, Armstrong, haciendo uso de su fama de sangre fría, tomó el control manual del Águila y logró alunizar el módulo en una zona segura, mientras todos contenían la respiración. Una luz azul se encendió en el tablero del módulo lunar: era la que indicaba que los sensores de las patas estaban tocando la superficie lunar. El motor se apagó y finalmente el Eagle se posó en la superficie lunar con dos hombres en su interior.

Un domingo 20 de julio de 1969, a las 20:17 (UTC), el ser humano había logrado lo imposible: llegar a la luna. 


—Luz de contacto. Motor apagado.— dijo Buzz Aldrin.
—Aquí Base Tranquilidad,el Eagle ha alunizado— contestó Armstrong.

Una caminata por la luna

Pasaría bastante tiempo hasta que los astronautas pudieran salir a recorrer la superficie lunar, no sólo porque había que realizar todas las comprobaciones de rigor y preparar los trajes sino porque los astronautas merecían un descanso.

A las 2:56 (UTC) del 21 de julio, Neil Armstrong descendió del módulo lunar y apenas puso un pie fuera de la base de la pata dijo su famosísima frase: “Este es un pequeño paso para un hombre, pero un salto gigantesco para la humanidad”

La caminata apenas duró dos horas y media, lo suficiente para tomar algo más de 20 kilos de rocas lunares y dejar funcionando unos pocos instrumentos científicos.

La llegada del hombre a la Luna sigue siendo, al día de hoy, la mayor hazaña de la humanidad concretada en tiempos de paz.

Si querés leer más:

Historia de una hazaña (I)

Historia de una hazaña (III)

*Licenciado en Periodismo y Comunicación Social. Especialista en historia de vuelos espaciales tripulados, sondas interplanetarias y tecnología espacial.

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